Vitales y Cíclicas: Renovándonos a través de la Muerte

Érase una vez, que yo tuve una hermanita, y ella se llamaba Andrea.

De niñas, jugábamos en el apartamento que compartimos con mi mamá. Nos despertábamos un domingo – ese era mi día favorito porque nos dedicábamos a transformar la sala de nuestro apartamento en lugares inventados, con apartamentos diseñados por las dos para nuestras Barbies, y carros hechos de cojines. Yo a veces era el “conductor” de ella y la llevaba a todas partes, en nuestro carro de cojines.

A veces sacábamos toda la ropa y joyas de nuestra madre, sus tacones y abrigos, y nos vestíamos de grandes. Tenemos una foto así las dos, tomada por mi mamá, posando, en nuestros lugares inventados, con nuestros personajes inventados. Pasábamos horas y días creando y actuando esos personajes que nos soñábamos. Nunca nos aburrimos, siempre estábamos creando y jugando.

Mi hermana se reía siempre. Sus chistes eran famosos entre los amigos de mi mamá, que le decían a Andrea “haz tus payasadas”, donde siempre salía con algo chistoso. Ella siempre estaba riéndose de la vida, jugando y burlándose de ella misma y de los demás.

Su luz irradiaba la vida. Cuando fuimos adolescentes, muchos niños venían a visitarla. Tuvo varios novios que la quisieron mucho, por su forma de ser, su alegría, y su belleza. De niña la envidiaba secretamente, porque yo era mucho más tímida y retraída. Anhelaba poder expresar esa luz y espontaneidad que ella tenía. Podía expresar el amor y la vida de una forma tan fluida y sin esfuerzo, que fue una verdadera maestra para muchos que tratamos y nos esforzamos por estar en ese estado presente, entregado, alegre y amoroso.

Mientras fuimos creciendo, ella estudió Arquitectura, una carrera difícil y exigente. Yo me fui a estudiar por fuera en una universidad también muy exigente. Aunque nos alejamos un tiempo, siempre volvíamos a compartir. Quedamos siempre unidas, éramos “uña y mugre”, lo que una hacía afectaba inevitablemente a la otra.

Más adelante, coincidimos en una ciudad increíble que fue San Francisco. Ambas casadas, felices, vivimos allá cada una estudiando en una universidad distinta. Fueron años de muchos recuerdos felices. Y luego nuestros hijos crecieron cerca, jugando y sintiéndose muy primos.

Y luego en Bogotá, volvimos. Volvimos con el deseo y la responsabilidad de apoyar a nuestra familia y su empresa, y nuestros dos hermanitos menores del segundo matrimonio de nuestro padre. Nuestro padre enfermaba de una enfermedad degenerativa llamada Huntington. Es una enfermedad genética, de gen dominante, que se puede pasar de generación en generación.

Y mi hermana, siendo muy joven, contrajo esta enfermedad. Poco a poco fue luchando contra esta irremediabilidad de la Vida. Poco a poco tuvo que ver cómo se deterioraba mental y físicamente. Y poco a poco también yo viví ese dolor que trae una enfermedad que no puede ser reversada ni curada. Y verla en alguien a quien amo tanto. En mi hermanita.

Luego de varios años de lucha y de retroceso, su alma decidió descansar. Y ella voló, el 30 de noviembre. Tuve la oportunidad de acompañarla el ultimo día de su vida. No sabía que iba a ser la ultima vez que la vería. Le dije que la quería mucho, ella me dijo lo mismo. Vimos una película de comedia en televisión, donde nos reímos como niñas chiquitas. Recordamos momentos de nuestra niñez.

Estuvimos juntas desde el primer hasta el último día de su vida.

Y mi corazón se siente como si hubiera sido abierto para siempre. Por esta gran Maestra de vida, quien me enseñó a reír, a fluir, y a amar. Y quien me enseñó que la alegría realmente es un don de un alma limpia y avanzada. Que el amor y el perdón son la mayor expresión de un alma.

Gracias, hermanita Andrea. Por enseñarme tanto.

Y no es coincidencia que mi proyecto de vida sea Musas, un espacio para generar hermandad entre mujeres. Para sanar esa relación entre nosotras, para aprender lo mejor de la fuerza femenina desde la hermandad. Andrea, seguirás enseñándome siempre lo que es ser una buena hermana. Y he tenido que aprender lecciones difíciles, confrontadoras, para poder aprender lo que tú siempre me mostraste: hermandad, lealtad, amor, nobleza, perdón, aceptación, gratitud. Y Goce y Alegría.

Musas se seguirá inspirando con tu Esencia, y como movimiento de mujeres, con aún mayor devoción, a ayudar a sanar, transformar y empoderar esa fuerza femenina que hoy surge. El Femenino llega para transformar el mundo y para mostrar con su ejemplo, las nuevas estructuras regenerativas que se necesitan para nuestra supervivencia.

La Muerte en ese sentido, y estar cerca a ella, enseña a conectar con la Vida, y su Vitalidad. Y renovamos energía cíclicamente, desde el Invierno de nuestras almas volvemos a renacer con la Primavera.

 

Las abrazo,